• Para un niño, la capacidad de relacionarse con el entorno resulta vital para un correcto
    autoconocimiento y desarrollo individual. Para ello debe recurrir a una realidad
    primordial, un modelo comunicativo que tenga carácter referencial en su vida como la
    figura de los padres. Es en ellos en los que podemos hallar un primer estadio prefilosófico
    – desde el punto de vista personalista- pues por su condición ambital es capaz
    de crear las formas más elevadas de unidad (padres-hijos) cuya realidad no es algo
    cerrado sino que concierne al entorno, la comunidad en la que son acogidas ambas
    partes por la sociedad.
    Mediante la pedagogía de la admiración, los niños son capaces de sentir afectos y crear
    vínculos, generando ámbitos en virtud de sus propias cualidades. En los padres se
    concentra la unidad entre pensamiento creativo y la capacidad para fundar un
    sentimiento comunicable mediante experiencias reversibles que pueden marcar el
    umbral de las experiencias éticas y estéticas -según el prof. López Quintás- al ser estos
    procesos en los que la vida se transfigura, mediante un correcto ejercicio de
    colaboración respetuosa. Sólo a partir de entonces, los niños comienzan a construir un
    espacio de convivencia y su ser, al saber dirigirse al otro, puede ascender a otro nivel –
    según la metodología de la EPC- convirtiéndolos en sujeto de conocimiento. Por este
    motivo, para posibilitar que el desarrollo cognitivo de los niños sea de largo alcance, se
    debe transcender lo inmediato para hacerles ver el sentido último de las cosas,
    especialmente, cuando comienza a aflorar la dialéctica pregunta-respuesta.